El argentino responde al desafío de Cristiano para liderar al Barça
Messi reina en Ipurua
El líder no admite discusión. Se impuso en Eibar
con el protagonismo absoluto del 10, que construyó tres de los cuatro
tantos. Los armeros soñaron con la sorpresa hasta el descanso.
Messi no distingue escenarios. Le da lo mismo un coliseo de 90.000
espectadores que el estadio más pequeño de la Liga. Leo conquistó cada
metro cuadrado de Ipurua recorriéndolo con la pelota pegada al pie y la
frente alta para tirar el pase, iniciar el slalom, armar el juego o
recuperar balones. Un líder insaciable para un Barça demoledor.
El protagonismo del 10 fue absoluto desde el arranque, cuando templó
junto a la cal, esperó a la arrancada de Suárez y colocó la bola en el
hueco entre central y lateral, el más sensible para cualquier defensa.
Controló Lucho, sirvió a Munir y el Barça puso el partido a favor en el
minuto 7.
Habituado a entrar tarde en los partidos, especialmente a domicilio,
el fulgurante arranque del Barça reveló las dificultades que preveía Luis Enrique
en Eibar. Pudo decidir claramente en la primera media hora, pero
perdonaron Suárez y Munir, y el equipo de Mendilibar se quitó los
complejos en el tramo final del primer acto. Rozó el empate con un
cabezazo de Ramis y un tiro cercano cruzado de Escalante.
Al
borde del descanso, con Ipurua lanzando a los suyos hacia Bravo, un
error de Capa en el pase a 50 metros de su portería fue bastante para
armar el lío. Recogió Munir, que cedió a Messi y se acabó. Encaró a Pantic en diagonal, le quebró, se midió con Capa y cruzó a la red aprovechando el contrapié de Riesgo.
El Eibar asumió su suerte en el vestuario. La inspiración de Leo y el
blindaje del Barça disuadieron a los armeros, que trataron de conservar
el orden. Era complicado, con Leo apareciendo en todos los sectores
para servir a Suárez, a Rakitic o a Munir, muy castigado en todos los
choques. La cuenta aumentó cuando el 10 se asomó por el área. Undiano confundió con mano lo que era espalda de Ramis y Leo esta vez no cedió. Lanzó el penalti suave, templado, al centro.
El
penalti no fue el único error del colegiado, que perdonó la roja a
Mascherano. Buscó la amonestación para cumplir ciclo y regaló un
entradón a Enrich. Fue el prólogo a otro golazo, el de Suárez, que
construyó un túnel en un metro bajo las piernas de Escalante y resolvió
con un violento tiro cruzado.
El fin del atasco goleador del uruguayo cerró un partido redondo del
Barça, que parece indestructible. Lo demuestra Messi, que entiende que
hay tanta gloria en Ipurua como en el Emirates o en Stanford Bridge. Mal
asunto para los rivales.
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